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| Pisado
en la película "Un paseo por las nubes"
(1995). |
Obras
de la oscuridad
Tierras
y pueblos
Si EEUU y Europa vienen manteniendo una secular competencia
en lo relativo a la paternidad -Edison versus Lumière- y comercialización
del cine, se ha añadido en las últimas décadas un patente
desafío vitivinícola. Los campos del cine y del vino en ambas
latitudes están solapados. Veamos: Los vinos USA radican en
la California de Hollywood. En Chez Coppola los réditos de
sus calados pagan sus películas y se presentan a la prensa
mundial, las películas, en medio de una cata selecta de sus
vinos y de pastas del país, de su otro país, que también lo
es del vino: Italia.
El vino ha curado a Coppola de las heridas del cine y él mismo
es ahora un cosechero de Tuscany (ideal Toscano) que hace
películas. Hollywood: las tierras de «Falcon Crest», gran
campaña publicitaria del envite del vino californiano a principios
de los 80 y reciclaje familiar de la dinastía iniciada en
el norte durante los años 50 -los Rambeau- con el patriarca
Claude Rains, su esposa Dorothy MacGuire, con el primo Rock
Hudson y con la prima inglesita Jean Simmons en «Esta tierra
es mía» (1959, H. King), cuando ya el cinemascope podía abarcar
la anchura y profundidad de campo de los viñedos de Napa Valley,
una pastoral que regresará inflamada en los 90 con «Un paseo
entre las nubes» (1995, A. Arau) y Aitana Sánchez Gijón vendimiando
como un ángel. Fuego, ambiciones embotelladas con la etiqueta
de la familia -los Rambeau y los Griffanti, enemigos en los
50, los Channing y los Joberty, en la televisión-, pasiones
dignas de cafetal de anuncio. El vino fue un cruce, una señal
desde el principio de Hollywood. A media milla del Boulevard
de su nombre, justamente en su encuentro con la «Calle Vine»,
la Calle de la Vid o de la Parra, tres pioneros del solar,
De Mille, Lasky y Goldwyn, filmaron en 1913 el primer largometraje
de la historia, «The Squaw man» (El prófugo), un western...
Sin salir del lugar, en 1918, la pequeña «Universal Bluebird»
le produciría a Stuart Patton la película en cinco rollos
«The wine girl», La chica «del vino». Patton había dirigido
hacía dos años la primera versión cinematográfica de «20.000
leguas de un viaje submarino». ¿Y qué se bebía en el «Nautilus»?
Verne sugiere que «unas gotas de un licor fermentado» extraído
«del alga conocida como Rhodimenta palmata». El fenómeno de
la fermentación también agitaba el fondo marino. La «Fox»,
productora con el marchamo de «rural», le encomendaba en 1928
a Raymond Cannon la dirección de la comedia familiar «Red
Wine», vino tinto o rojo, aunque en blanco y negro.
Sólo un año más tarde, por los predios
españoles, si bien con participación francesa en la financiación
(y en los apellidos del bodeguero), el vino empezaba a enlatarse.
Benito Perojo adaptó la novela de Blasco Ibáñez «La Bodega».
Melodrama con implicaciones sociales y sexuales ambientada
en Jerez, en torno a las bodegas de don Pablo Dupont, «el
más rico vinatero de España», como rezan los intertítulos,
en los que también se podrá leer justificado por la desesperación
amorosa de María Luz, la chica un «¡Nunca más! ¡Maldito sea
el vino!». Dupont: Francia, siempre Francia, e Italia: los
trece viñedos reales en que se localizó «Esta tierra es mía»
estaban bautizados -valga la contradicción- como «Beaulieu
vineyards» o «Italian Swiss Colony», entre otros. De la patria
francesa en lo vinícola y en lo cinematográfico prefiero
la deliciosa comedia «Cuento de Otoño» (1998) de Rohmer, un
vaudeville a lo dieciochesco, en el que se escenifica, sobre
el forillo de la campiña, un juego de atracción entre oral
y sensual tintado de una madurez otoñal, análoga a la de las
uvas a punto de vendimia.
Pero si el cine ha hecho alguna vez prospección
poética de la tierra del vino ha sido en la extraordinaria
«Tierra» (1995) de Julio Medem, película que originariamente
iba ser rodada en La Rioja y que por un asunto de tipología
de cepa y de coloración del suelo se trasladó a tierras de
Cariñena. «Tierra» supone una inmersión romántica radical
en los abismos del paisaje conectados con el doble fondo de
los sentimientos y de la memoria amorosa. Poema telúrico,
como pocos, equidistante del cielo y de la tierra y de un
rojizo avinado y arcilloso, impregnante. La cochinilla es
el cicerone de sus primeras imágenes excavadas y yo no sé
si el director de «Tierra» sabía de la existencia en los años
40 del arseniato de plomo «Medem», insecticida contra el escarabajo
de la patata. El caso es que el campo labrado que figuraba
en la publicidad del producto me recuerda a su película y
también al plano final de «Las uvas de la ira» (1940), de
Ford, en el que Ma Joad, sobre el fondo de las viñas californianas
al amanecer, dice montada en la furgoneta aquello de «Siempre
seguiremos adelante, papá, porque somos el pueblo».
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