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| Primera
publicidad vinícola en el cinematógrafo
(1900). |
Obras
de la oscuridad
El
cine surgió como un magia de sótanos, con una naturaleza subterránea,
fantasmagórica, que podría acomodarse en el cementerio de una
bodega platónica
Textos:
Bernardo Sánchez
Si
por mor de la trasiega, se extrae de la cuba una muestra de
vino tinto y se la contempla trasparentada por la luz de una
vela, ahí tendremos el principio del cine, su idea: una textura,
una veladura, una película, en definitiva, entrevista al trasluz.
Un vaso de vino iluminado tiene mucho de cristal de linterna
mágica. Si la fuente de luz es fuerte, la película de vino,
sus medias lunas, rielarán sobre una pared, estampando un
rojo al que funden algunos planos del cine cuando nos licuan
en ciertos sueños. Nada más parecido a una sala cinematográfica
que el proyecto de una bodega. Aquel espectáculo de sombras
platónicas se produjo en calados de mayor o menor rango: los
bajos de los cafés parisinos, las recámaras de los cafetines
de provincias. Era un magia de sótanos, con una condición
subterránea, fantasmagórica, que bien podía acomodarse naturalmente
en el cementerio de una bodega. No pocos vieron en el cinematógrafo,
bien del lado de la metáfora o de la moralidad, un trasunto
vampírico; al fin y al cabo, la proyección consistía en alumbrar
vida en medio de una noche. Y si tuviéramos que explicar la
estructura inestable, orgánica y tumultuosa de las primeras
cosechas de cintas -cosechas perdidas en buena parte- habría
que recurrir al efecto vinagre, porque el cine, como el vino,
se avinagra. Los laboratorios cinematográficos, donde se palpa
lo que queda del cuerpo de las películas, lo llaman el «síndrome
del vinagre»: con el oficio del tiempo la capas de la imagen
disuelven su densidad y el color se pudre. El vino y el cine
son obras de la oscuridad. Sobreviven en un delicado equilibrio
químico, climático, umbrío. La luz los daña una vez que están
construidos. Vampiros. Sólo el soporte digital, como un nuevo
amanecer, hará del cine una crianza inalterable, inmaterial.
Vino,
verdad y publicidad
El
cine y el vino son vida y verdad. En el vino, según el adagio
clásico, «veritas» y en el cine, como dijo Godard, «verdad
a veinticuatro imágenes por segundo». El director finlandés
Aki Kaurismäki afirmó hace poco que sólo merecía la pena vivir
por el vino blanco. Y en eso le irá la vida, por ejemplo,
a Clive Langham, el protagonista de «Providence» (1976), la
película de Resnais. Langham -el gran Guielgud- es un escritor
de 78 añadas, un enfermo terminal que departe con los fantasmas
familiares y literarios mientras retiene la vida, que para
él se custodia en la memoria del sabor de cierto vino blanco.
Hay cine alumbrado por el vino y hay vino elevado por el cine
a la categoría de argumento, de símbolo o de aventura. En
general, el cine y el vino fueron elevando su verdad. La primera
vez que coincidieron, en 1900, lo que necesitaban ambos era
un poco de publicidad. Fue en Francia, claro, humus de lo
espiritoso. El ilusionista Georges Méliès había sido uno de
los espectadores primerizos en el calado del «Grand Café»
e inmediatamente se percató de que aquella maquinita de madera
le iba a servir para convocar con mayor verosimilitud a los
espíritus que, hasta el momento, hacía saltar por las trampillas
de los teatros. Y, de paso, para otras aplicaciones: el cine
publicitario, que nació con el reportaje que Méliès, entre
trucos abracadabrantes y viajes lunáticos, realizó al final
del siglo sobre las «Caves de L'Union des Vignerons et de
Consummateurs». La película debe estar perdida, pero nos queda
un fotograma de la puesta, una escenita con forillo en falsa
perspectiva de la cava flanqueada por los nombres de las
regiones y en su embocadura un criado negro de pega les da
a catar dos copas de vino a sendas damas que parecen acompañar
a un burgués con chistera y cartera, que es el que paga la
cuba. He citado a Guielgud y me asalta el tabernario Falstaff.
Orson Welles, uno de los magos del XX y gran admirador de
Méliès, para pagarse sus últimos trabajos hizo para la televisión
spots de cognacs y vinos. Adoraba el vino y era para él una
de sus razones españolas. En su novelización de «Mr. Arkadin»
(1954), el narrador Van Stratten relata cómo en el pueblo
de San Tirso se descargaban toneles de Rioja en la puerta
de su Fonda.
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