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| Manuel
Camblor, en una visita a La Rioja Alta. /L.R. |
Textos: A. Gil / C. Somalo
Exponente de la nueva línea de opinión
que se está extendiendo por internet, Manuel
Camblor (aficionado y escritor de vinos «desinteresado
económicamente») visitó este mes
varias bodegas de Rioja, de las que se considera un
incondicional. Viajero incansable y amante del vino
y de su cultura se alinea con Gerry Dawes y David
Rosengarten (cuyo artículo en Food Network
ha corrido por la red como la pólvora) en esa
corriente crítica americana que replica a los
gustos de Parker y que, poco a poco, va convenciendo
a los consumidores de que los vinos son para acompañar
a las comidas y para disfrutarlos en compañía.
–¿Qué
impresiones saca de Rioja?
– Estoy satisfecho al ver que la gran mayoría
de bodegas han redescubierto que la tradición
no es necesariamente opuesta a la modernidad. Pienso
en Contino, en Roda..., por ejemplo, que han sabido
no traicionar al paladar histórico sin quedar
al margen de la modernidad, lo mismo que ha ocurrido
con elaboradores clásicos que están
recuperando su amor propio.
– ¿Como ve la
coexistencia entre lo clásico y lo moderno?
– El mayor problema es que se han vivido unos
años de cierta desinformación, con creadores
de opinión que promovían esa oposición
entre la tradición y la modernidad. En los
años ochenta y noventa se decía que
en las bodegas tradicionales gente sin escrúpulos
hacia vino en barricas podridas, vinos carrileros
que no valían para nada, cuando la única
solución que ellos proponían era la
asepsia total y la madera nueva. Afortunadamente,
hay casas como La Rioja Alta, Muga, López de
Heredia, CVNE..., que han mantenido su propia ideosincrasia
y ahora se les está reconociendo por partida
doble. Hay maneras diferentes de hacer vinos.
– Dawes, Rosengarten,
usted... ¿Existe ya una corriente alternativa
a Robert Parker?
– Parker no es el único. Ha tenido detrás
una legión de imitadores, cuyas opiniones llegan
a gran cantidad de gente porque escriben en revistas
satinadas y muy bonitas. Aunque es cierto que han
surgido varias voces en contra de esta prensa –y
ha mencionado a Gerry Dawes, quien ha hecho mucho
por el vino español–, publicamos en medios
que no tienen el alcance de Parker o del Wine Spectator.
– ¿Y llega esa
corriente al consumidor americano?
– Los foros de internet han tenido una incidencia
increíble en este sentido porque se oyen voces
de gente muy entendida, pero también de consumidores
de a pie. Yo escribo sobre vinos desde el punto de
vista del consumidor. No tenemos la incidencia de
Parker ni del Wine Spectator, pero sí nos estamos
haciendo oír. Ya veo en tiendas especializadas
en Nueva York pegatinas con las críticas de
los críticos con el sistema. Las cosas están
cambiando.
– ¿Cómo
percibe el consumidor americano a los vinos de Rioja?
– Rioja sufre porque los precios se están
disparado. Ahora mismo, los vinos se están
acercando mucho más al rango de los 20 dólares
que al de los 10. Cada día estamos viendo el
ascenso de Rioja, que puede estar en el mercado de
los grandes vinos, pero también tiene una gran
parte de producción cuyo éxito se basa
en una buena relación calidad-precio. Muchos
de los vinos más caros, y no sólo hablo
de Rioja, jamás justifican sus precios. Hay
vinos de culto, encumbrados por Parker, por los que
pagas un dineral y te das cuenta de que te han soplado
una cantidad interesante –sobre todo si lo tomas
en restaurante– por una bomba modernista que,
además, te arruina la comida.
– ¿Sería
un vino de alta extorsión?
– Ésa es una frase acuñada. Pero
lo cierto es que muchos de estos vinos de alta expresión
no expresan: gritan mucho, pero no dicen nada. En
los veinte años que llevo como borrachín
de lujo, la alta expresión sólo me ha
demostrado que es capaz de berrear. Mucho ruido y
pocas nueces.
– ¿El consumidor
americano aprecia la historia de un vino?
– El consumidor nuevo, el que se ha criado a
la sombra de Parker, lamentablemente carece del trasfondo
necesario para apreciar los verdaderos vinos. En muchos
casos, se ha tirado a la basura la experiencia en
la elaboración y hay mucha gente que está
influenciada por esta corriente. Hay consumidores
que, como si se tratara del fetichismo de los pies,
tienen la misma relación con vinos de 17 grados
y retintos que te dejan la boca pastosa, pero que
ahora son de culto. Esto ha pasado en parte por la
pereza intelectual y en parte por una muy buena labor
de márketing. El vino es para beber y hablar
tranquilamente y tomar una o dos botellas o las que
haga falta.
– ¿Cómo
es la elaboración en EEUU?
– Es injusto que yo hable de California porque,
salvo excepciones que las hay, en los últimos
diez años tan sólo pasar por los pasillos
de ciertas tiendas me produce urticaria. Lo mismo
me ocurre con vinos australianos y de algunas partes
de Italia. Son, en general, de graduaciones astronómicas,
cuando en los 80 Napa era una región en la
que teníamos mucha fe.
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