Las cuevas minúsculas que se descubrieron en el viejo monasterio de Suso (San Millán de La Cogolla) hablan de historia; son los testigos mudos de la vida de aquellos anacoretas que moraron durante el siglo VI en grutas de la montaña. Los agujeros en la tierra fueron habitación y, en la hora de la muerte, sepulcro de los anacoretas. Ellos mismos limpiaron entre la maleza, abrieron caminos y levantaron una pequeña capilla donde tenían lugar las ceremonias comunales.

Estas hendiduras labradas en la peña hacen suponer que la fama del santo Millán originó una reducidísima comunidad localizada en torno al lugar donde Emiliano pasó sus últimos años y estimuló la vocación eremítica de otros hombres. No obstante, resulta difícil probar qué es lo que sucedió realmente desde la muerte del santo (año 574) hasta el nacimiento del primer monasterio construido: Suso (año 924).

La Península Ibérica, y con ella La Rioja, fue ocupada por los musulmanes a comienzos del siglo VIII. El cambio resultó fundamental, ya que los Banu Qasi controlaron, hasta las primeras décadas del siglo X, el Valle del Ebro. øPermitiría esta invasión musulmana la continuidad de la actividad religiosa en el valle de San Millán o, por el contrario, la ocupación árabe la interrumpió hasta la reconquista?

Sea como fuere, el rey de Pamplona, Sancho Garcés I, reconquistó La Rioja en el año 923 y devolvió a estas tierras su carácter cristiano. Es entonces, a partir del siglo X, cuando se puede asegurar que en torno al enterramiento de San Millán se organizó una intensa vida eremítica que daría lugar a la construcción de un cenobio.


El campesinado tenía una condición de semiesclavitud respecto a su señor.

 Los monjes vivieron una etapa de bienestar bajo el dominio navarro. Tal es así, que pudieron levantar allí mismo, donde se veneraba la tumba de San Millán, un gran monasterio. La protección y las donaciones del rey de Pamplona, García Sánchez I (hijo del conquistador), respondían a una medida política: asegurarse la posesión de esas tierras y explotar sus recursos agrícolas, en una zona estratégica, muy próxima al reino de Castilla.

San Millán no era, pues, el resultado libre y espontáneo de un grupo de personas que inicia una vida monástica, sino la consecuencia de una medida política del rey de Navarra, que funda simultáneamente dos grandes centros monacales: San Martín de Albelda (para asegurar su dominio sobre el Valle del Iregua y parte del Valle del Ebro) y Suso.

La protección y las donaciones del rey de Pamplona, García Sánchez I, hacia San Millán respondían a una medida política: asegurarse la posesión y la explotación agrícola en una zona fronteriza


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