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Una ruta y miles de huellas
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Biblioteca
monástica. Juan Ángel Nieto Viguera, actual
prior de San Millán, hojea un enorme libro cantoral.
/E. DEL RÍO |
El 4 de diciembre de 1997, en Nápoles,
el Comité de la UNESCO incluyó a los monasterios
riojanos, por unanimidad y sin discusión, en la lista
del Patrimonio de la Humanidad
PÍO GARCÍA. /LOGROÑO
Sobre la bahía de Nápoles,
el Palazzo Reale otea el horizonte, con la terrible y evocadora
silueta del Vesubio al fondo. Es un edificio ampuloso, lleno
de frescos y escaleras solemnes, vestigio de un imperio –el
aragonés– que convirtió el Mediterráneo
en su patio interior. Extramuros del palacio, la ciudad hierve
en una confusión de cláxones, voceríos,
utilitarios y motorinos. Es diciembre y hace frío,
pero la gente invade las calles como en los meses más
amables del año. Por la Vía Partenopea, la avenida
más señorial de Nápoles, los coches corren
a todo trapo, como si la vida importara un comino y todos
tuvieran una prisa angustiosa. Los vehículos circundan
la bahía y aparcan en sitios imposibles, con maniobras
eléctricas. La ciudad entera vive en el caos, respira
humo y huele a espaguetis.
Pero, dentro del Palazzo Reale, sólo hay silencio y
un ritmo cadencioso. En un saloncito con pupitres y micrófonos
–y un poco apiñados–, los delegados de
la Unesco llevan varios días reunidos. Son miembros
del Comité que estudia las candidaturas a Patrimonio
de la Humanidad y en sus expedientes se agolpan las propuestas
de muchos países. Tienen ante sí más
de cincuenta peticiones. Los expertos van examinándolas
una a una, siempre según el mismo trámite: se
proyectan unas imágenes del monumento; se lee el informe
definitivo; se pesan las virtudes o tachas de la candidatura;
y se vota. Al final se anuncia con soniquete burocrático
si el bien ha sido incluido o no en la lista del Patrimonio
de la Humanidad de la Unesco.
España abandera tres propuestas culturales: San Millán
de la Cogolla; las Médulas de León; y el modernismo
catalán (el Palau de la Música y el Hospital
de Sant Pau). Además, y junto con Francia, apadrina
la candidatura del Monte Perdido a otra lista de la Unesco,
la que consagra aquellos paisajes en los que una naturaleza
prodigiosa ha moldeado las formas de vida de los hombres.
De las cuatro peticiones, ninguna concita tanta atención
ni presenta tantas adhesiones entusiastas como San Millán.
Y eso se palpa en el interés de los medios de comunicación.
La Rioja ha desplazado a Nápoles una delegación
del máximo nivel, encabezada por el presidente autonómico,
Pedro Sanz, siempre acompañado por una nube de políticos,
funcionarios y periodistas. Ese entusiasmo contrasta, por
ejemplo, con la menguada representación de la Junta
de Castilla y León, que ha enviado a la ciudad vesubiana
a un director general que se pasea por los pasillos del Palazzo
Reale sin saber muy bien qué hacer ni con quién
hablar.
Como si todo el comité se hubiera mimetizado con las
costumbres napolitanas, no hay orden del día ni programación
escrita ni agenda aproximada ni esas tonterías tan
cartesianas y germánicas. Así que las candidaturas
van cayendo sin que se sepa cuándo le tocará
a San Millán: ¿el 3, el 4, el 5 de diciembre?
Aunque la espera afila los nervios, la delegación riojana
sabe que el grueso del trabajo ya está hecho. Durante
varios años, se han recabado miles de adhesiones; se
han enviado nutridos informes sobre la importancia cultural
de los monasterios; se ha incidido en su relación con
el idioma castellano; se han aclarado las dudas planteadas
por Icomos, la ONG consultora de la Unesco en materia de patrimonio;
se han superado –y con nota– los filtros previos.
Así que lo normal es que los delegados asuman la investigación
previa y acuerden la inscripción del bien en la lista
universal.
Sin embargo, un incidente muy próximo levanta el miedo
general. Es 4 de diciembre, el reloj señala las 16.30
horas y se acerca el turno de San Millán. Pero antes
se discute la candidatura de Las Médulas. Sobre las
filminas que ilustran aquel abstracto paraje leonés,
los miembros del comité entablan una larga discusión.
Algunos países critican que se inscriba en la lista
un bien que consagra una agresión brutal sobre el paisaje,
aunque date de la época romana y lleve ya milenios
sin su utilidad minera. Finalmente, y aunque a regañadientes,
los delegados díscolos asumen que todo monumento es,
en realidad, una modificación en la naturaleza y así
Las Médulas adquieren la condición de Patrimonio
de la Humanidad. Pero, entre tanto, el enviado de la Junta
de Castilla y León ha quedado al borde del síncope
y los riojanos no pueden evitar que un hilillo de sudor frío
les recorra el espinazo.
No hay, sin embargo, razón para el miedo. Henry Cleere,
el autor del informe final, lee los méritos emilianenses
mientras el suspiro mozárabe de Suso se recorta contra
la pantalla. No hay discusión ni opiniones en contra
ni votos particulares. A las cinco de la tarde del 4 de diciembre
de 1997, San Millán de la Cogolla alcanza la categoría
de Patrimonio de la Humanidad.
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