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Una carrera de fondo con mucho calor
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Vista
de la torre de Yuso, a través de un arco del
claustro.. / A.I. |
San Millán llegó
a la recta final tras recabar cientos de adhesiones entusiastas
de todo el orbe hispanoamericano
PÍO GARCÍA. /LOGROÑO
San Millán de la Cogolla
llegó a la meta el 4 de diciembre del año 1997.
Pero la carrera había comenzado casi dos años
antes: el semáforo verde se encendió el 15 de
marzo de 1996, cuando el Gobierno de La Rioja decidió
proponer al Ministerio de Cultura dos posibles candidaturas
a Patrimonio de la Humanidad: los monasterios emilianenses
y Santa María la Real. No era fácil que el Ministerio
los admitiese: la Unesco cada vez ponía más
trabas a países como España, que tenían
ya muchos monumentos inscritos en la lista de bienes universales.Además,
había mucha competencia interna (las comunidades autónomas
habían propuesto hasta 89 sitios) y, para colmo, últimamente
la Unesco primaba a los conjuntos naturales sobre los arquitectónicos.
Parecía, en definitiva, un empeño utópico.
Pero
San Millán, además de piedras viejas, tenía
un corazón espiritual: su vinculación con el
idioma castellano. Una lengua cuya escritura quedó
fijada en el scriptorium de Suso, que pronto adquirió
un notable prestigio literario y que ahora une a más
de 400 millones de personas. Este argumento riojano convenció
a las autoridades estatales que, en junio de 1996, decidieron
las tres candidaturas españolas a Patrimonio de la
Humanidad: Las Médulas, el Modernismo catalán
y San Millán de la Cogolla. Una cuarta, la del Monte
Perdido, era compartida con Francia y pretendía su
inscripción en la lista de bienes paisajísticos
y no culturales.
Aquella
decisión del Ministerio sólo fue el principio
de una carrera entusiasta, en la que este periódico
tuvo un protagonismo singular. A instancias de Diario LA RIOJA,
cientos de autoridades y personalidades de prestigio de todo
el mundo decidieron avalar la candidatura emilianense. El
primer gran espaldarazo llegó con el apoyo de la Real
Academia Española. En su sesión plenaria del
23 de agosto de 1997, la Docta Casa acordó por unanimidad
«adherirse a la campaña promovida por este diario
en favor del reconocimiento de los monasterios de Suso y de
Yuso como Patrimonio de la Humanidad», según
consta en la carta remitida por Víctor García
de la Concha, entonces secretario de la RAE. Además,
este apoyo institucional llegaba acompañado de votos
individuales de académicos como Ana María Matute,
García Yebra, Antonio Colino o Francisco Rico, para
quien San Millán ya era «en efecto» Patrimonio
de la Humanidad. El Instituto Cervantes también se
unió a la campaña en marzo, «en reconocimiento
a su condición de cuna de la lengua española».
Con
todos estas adhesiones, más los informes requeridos
por Icomos, la candidatura fue pasando exámenes previos:
en Sofia (Bulgaria) y en Sao Paulo (Brasil), pasó con
nota el escrutinio de los expertos internacionales de esta
oenegé consultora de la Unesco en materia de Patrimonio.
Un capítulo importante de esta travesía se escribió
en Yuso, el 7 de mayo, cuando 25 delegados hispanohablantes
de Icomos apoyaron la candidatura emilianense. La Unesco comprendió
de esa manera que la propuesta, aunque había nacido
en un remoto rincón de la región más
pequeña de España, implicaba a muchos países
y personas.
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